Trabajar el barro en Naharros, el sitio que mejor huele del mundo

Marianne Moester y José María Casas han elegido el pueblecito de Naharros, muy cerquita de Atienza, para iniciar una nueva etapa de una vida común llena de viajes, algunos incluso por el espacio. Están a punto de terminar de  construir allí una casa en la que tiene su sede Talaris Consulting, una empresa con tres radios de acción tan distintos como interesantes: La consultoría en telecomunicaciones,  la traducción del holandés al castellano y viceversa, ella es intérprete jurado de español, y la alfarería. Curioso, ¿verdad?. Vayamos por partes.

 

Naharros. 31 de enero de 2013. José María Casas es hijo de emigrantes de Naharros que se establecieron en Madrid. “Tuve la suerte de poder estudiar”, recuerda aliviado.  Fortuna abonada con grandes dosis de vitalidad y con una inteligencia fina que permea al minuto de conocerle.  Se licenció como Ingeniero de Telecomunicaciones en una época en la que no era nada frecuente serlo. Standar Eléctrica lo contrató recién terminada la carrera y lo envió a Inglaterra para trabajar en un proyecto internacional. “Viví tres años en Londres. De allí me traje experiencias únicas, y a la mujer de mi vida”, dice. En sus primeros años de matrimonio la pareja vivió en España y después en Nueva York y Amsterdam. Entretanto habían nacido Violeta y Miguel, sus dos hijos. En el año 1984 surgió una gran oportunidad laboral para  José María. Le propusieron trabajar en para la Agencia Europea del Espacio (ESA) que tiene una de sus bases científicas en Noordwijk (Holanda). Desde entonces, el naharrés oriundo ha dirigido, unas veces desde España y otras desde Holanda, equipos que trabajaron en proyectos como la génesis del satélite Hispasat, por el que pasan gran parte de nuestras comunicaciones. Se jubiló hace tres años en el país de los tulipanes, donde trabajó los últimos años de su carrera profesional, de vuelta en la ESA, circunstancia que permitió al matrimonio seguir de cerca los estudios de sus hijos en la Universidad.

“En la ESA imaginamos y construimos algunos de los satélites más avanzados de la actualidad. He tenido el privilegio de asistir a lanzamientos en Baikonur (Rusia), en kurú (Guayana francesa) y, por ejemplo, al inicio de la primera misión de Pedro Duque, el astronauta español”, explica.  Pero no sólo estuvo presente en la puesta de largo espacial de nuestro Duque en Cabo Cañaveral. En el año 1992, el CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial), representante oficial en España del Space Council, creó un comité de selección para elegir al candidato  hispano. Se presentaron 600 personas, quedaron cinco. “Formé parte de aquel comité, y también del panel que entrevistó a Duque. Teníamos que interpelar a los aspirantes, sometiéndolos a situaciones de estrés.  A uno de mis colegas  se le ocurrió traer un puzle de madera, de estos imposibles de armar al que además quitamos una pieza, para que lo ensamblaran mientras respondían. Algunos, ni lo empezaron, otros montaron un par. Pedro Duque lo terminó en un momento y dijo: falta una pieza. Nos quedamos blancos”, recuerda.

Marianne Moester

Marianne Moester es holandesa y, como tal, cosmopolita y políglota. Su visión de nuestro país, y de Naharros, es muy interesante. “Me emancipé en España cuando me casé. Vivimos los años de la transición, un periodo muy interesante de la historia de este país. Me llamaba la atención la ilusión y el optimismo que se palpaba en el ambiente. Por eso me da tanta pena que la generación actual viva justo lo contrario, que sufran como lo hacen ahora. Han sido muy bien educados, pero la crisis les corta las alas. Entonces  todo era posible. El horizonte estaba abierto”, dice.

Cuando llegó a Naharros por primera vez, a finales de los setenta, le pareció un lugar exótico.  “Tengo dos hermanos muy grandes, de 1,96 metros.  La primera vez que visitaron el pueblo, sus vecinos sacaban el lápiz para marcar hasta donde llegaba su altura en las puertas de las casas”, recuerda divertida la holandesa.  La sensación fue recíproca. “Nosotros no habíamos vivido nunca en un ambiente tan de pueblo, tan rural.  Holanda está completamente urbanizada. El hecho que todo el mundo se conozca, que se ayuden unos a otros en cualquier tarea, aporta calidad humana, un bien muy escaso”, opina. Pepe afirma que su vida en Naharros es más una decisión de su esposa que suya. “Marianne se siente absolutamente integrada en el pueblo, tenemos una relación magnífica con una media docena de primos que viven aquí”, explica. Pero poco a poco, a él también le sale su cariño por el lugar. Naharros está en un valle entre montañas, ninguna demasiado elevada. “Tiene una primavera preciosa. Entonces los álamos son verdes,  en el otoño, dorados en el camino del arroyo que lleva al río y el río mismo”, describe.  El Castillar, el Cuenco,  la Sierra Bajera, la Sierra del Medio y la Cimera, el Otero y la Atalaya, uno a uno salen los bellos lugares que circundan el caserío. En abril y mayo, el pueblo se llena de flores. “Marianne y yo hemos dado la vuelta al mundo, hemos estado en todos los continentes, y puedo decir muy alto que no hemos encontrado un solo sitio que huela tan bien como en Naharros”, dice Pepe.

Para los dos, vivir en Naharros es una vuelta a los orígenes en la que ha salido ganando “nuestra calidad de vida”.  Detrás de la casa ponen el huerto que les apega a la tierra. “Comemos mejor, porque, en realidad, no se necesita tanto para ser feliz”.  Y claro, a alguien responsable de que un montón de satélites orbiten por ahí arriba, es “un lujo ver la noche nítida, sin contaminación acústica o lumínica”, dice Pepe. El paisaje de la Bragadera, descubierto desde el Camino Real, en el que hay cuatro o cinco kilómetros de campo cultivado,  con Atienza y detrás el Padrastro al fondo, es “realmente hermoso”.  Sus dos hijos, también encuentran en Naharros su remanso de paz en medio de una vida laboral muy ajetreada en Brasil y Holanda.

El barro

Cuando conoció a José María en el año 1974, Marianne decidió aprender español aún en Londres. José María la llevaba a clase, y, mientras ella se avezaba en la lengua de Cervantes, para no esperar en balde,  empezó un curso de cerámica. “Me encantó”, asegura de forma que, tiempo después, se matricularon los dos.  De la mano de su peripecia vital, “hemos aprendido también el oficio de la alfarería por medio mundo”. En España han dado clase con el magnífico ceramista que es Arcadio Blasco, pero también en  los Estados Unidos y en Holanda han aprendido técnias. “En mi país me matriculé en un curso más serio y prolongado de cuatro años de duración”, explica Marianne. Uno de los sueños de la pareja era crear su propio taller de cerámica. Y lo han cumplido en Naharros, abriendo un nuevo capítulo, quizá el más creativo, de sus vidas. ADEL  les apoya para lanzarlo.

Según cuentan, el trabajo con el barro es el mismo en todo el mundo, muy cercano a la tierra. Donde hay légamo, allí están los ceramistas. “En todo caso, nosotros somos alfareros de lujo, compramos el barro más refinado”. Las formas de cada lugar se adaptan a las posibilidades del material con el que trabajan. La diferencia está en las formas y técnicas que se utilizan, porque cada país hace una interpretación diferente. “La cerámica japonesa es carísima y muy sofisticada. En otros lugares encuentras cerámica local, objetos enormes, que cuesta mucho trabajo hacer, a los que el propio artesano no les da la importancia que merecen”.

El barro tiene algo de mágico. A todo el mundo le gusta, especialmente a los niños.  Es un material tan plástico, que en realidad puedes hacer lo que quieras con él.  Aunque en realidad,  en los primeros años, tú haces lo que quiere el barro. Necesitas años para controlarlo.

En cuanto a las formas, Marianne y José María diferencian dos grandes tendencias según si los objetos se fabrican con torno o manualmente.  Pepe empezó es el alfarero clásico de la familia. Utiliza el torno. Yo me he especializado en la decoración de sus piezas y también en las figuras más artísticas”.  La pareja trabaja duro cada día. Tenemos claro que vamos a trabajar en series de objetos por temporadas, y en un par de líneas de trabajo que identifiquen a  esta tierra. Será nuestra marca, algo que nos identifique, teniendo en cuenta nuestro gusto por las piezas que podemos usar”.

Los viajes y conocimiento del arte les han influido mucho a la hora de crear, el Louvre, el neuarden einseinsehof, dorse en paris el museo de cerámica de valencia. El prado debería tener su sección. Una de las mas poderosas y cercanas es la de la iglesia de San Baudelio de Berlanga, que es la capilla Sixtina del prerrománico español.  “Hay frescos de aquella iglesia en los mejores museos del mundo”. Su decoración se puede ver en sus trabajos.